Sentir el sonido de las llaves tintineado y emocionarme, correr por la laja hasta el portón marrón mientras el sol caía en todo mi pelo y mis rodillas magulladas. Entrar a la casa y sentir ese olor particular a hogar. Correr y gritar por todos los cuartos de la casa... ¡mamama! ¡papapa!
Abrazar a mi abuela hasta que me hiciera cosquillas, abrazar a mi abuelo y que me dijera: Hola Peluza.
Echarme en esa cama enorma partida en dos y saltar viendo tele, que me subieran un vaso gris lleno de yogurt de durazno y dos panes mixtos con queso edam. Desayunar y dormir paciente.
Sentir el olor a nuez moscada y sonreir... dando por echo que me esperaba el mejor pure del mundo servido en la mesa.
Y que de postre mamama preguntara: ¿Duraznos al jugo con gelatina? Sonriendo.
Jugar por cada recoveco de esa casa, sentarme en la escalera en plena tarde y jugar con mis rodillas frente al ventanal.
Joder a Petunia cada tarde en el sofá hasta que me mordiera y terminar con el típico colmillo clavado en la mano.
Correr al vestidor de mi abuela, empinarme en los fierros frios del closet de madera y agarrar una caja.
Mi caja preferida. Su caja de botones.
Horas de horas jugando a separarlos, juntarlos con texturas, juntarlos por colores y lor formas.
Ser tan feliz con ella y con una simple caja de botones.
Y así iba terminando el día... mientras me ponía la piyama y me acurrucaba entre los dos, dispuesta a ver un capítulo más de Tom y Jerry y quedarme dormida con el sonido del noticiero de canal 5.
Qué bonita i.nfancia.
Qué hermosas épocas.
Qué difícil es crecer.
viernes, 20 de febrero de 2015
Una mañana en la casa de la Abuela
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