viernes, 20 de febrero de 2015

Una mañana en la casa de la Abuela

Sentir el sonido de las llaves tintineado y emocionarme, correr por la laja hasta el portón marrón mientras el sol caía en todo mi pelo y mis rodillas magulladas. Entrar a la casa y sentir ese olor particular a hogar. Correr y gritar por todos los cuartos de la casa... ¡mamama! ¡papapa!
Abrazar a mi abuela hasta que me hiciera cosquillas, abrazar a mi abuelo y que me dijera: Hola Peluza.
Echarme en esa cama enorma partida en dos y saltar viendo tele, que me subieran un vaso gris lleno de yogurt de durazno y dos panes mixtos con queso edam. Desayunar y dormir paciente.
Sentir el olor a nuez moscada y sonreir... dando por echo que me esperaba el mejor pure del mundo servido en la mesa.
Y que de postre mamama preguntara: ¿Duraznos al jugo con gelatina? Sonriendo.
Jugar por cada recoveco de esa casa, sentarme en la escalera en plena tarde y jugar con mis rodillas frente al ventanal.
Joder a Petunia cada tarde en el sofá hasta que me mordiera y terminar con el típico colmillo clavado en la mano.
Correr al vestidor de mi abuela, empinarme en los fierros frios del closet de madera y agarrar una caja.
Mi caja preferida. Su caja de botones.
Horas de horas jugando a separarlos, juntarlos con texturas, juntarlos por colores y lor formas.
Ser tan feliz con ella y con una simple caja de botones.
Y así iba terminando el día... mientras me ponía la piyama y me acurrucaba entre los dos, dispuesta a ver un capítulo más de Tom y Jerry y quedarme dormida con el sonido del noticiero de canal 5.
Qué bonita i.nfancia.
Qué hermosas épocas.
Qué difícil es crecer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario