Ni buscando, ni esperando. Nada se podía comparar con la ola de pensamientos, palabras y paz que traía el con su intención inocente.
Desaparecía la ansiedad de buscar besos como los suyos, esos besos en los que sientes que calzas perfecto en cada movimiento, besos que sólo se sienten perfectos de su boca.
Y aparecía la tensión, esa bruma espesa de energía producto de tenernos uno al frente del otro sin saber si dar o no el primer paso, la primera palabra o simplemente la primera mirada.
Y al mirarlo. Al mirarlo literalmente desaparecía todo.
Y yo... yo me volvía una hoja transparente traspasada por esos ojos.
Adiós remordimientos.
Adiós preocupaciones.
Adiós miedos.
Hola inspiración.
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