Lo entendí ese domingo.
El pasado no se va.
Un día regresas a los veranos de madera caliente y te echas en el suelo a encontrar tu paz.
Tu perra vuelve a tu cama una y otra vez después de haberla botado infinitas veces, hasta que logra dormir contigo.
Sales a la calle y recuerdas lo rico que era ir por las tiendas con tu abuela, tus tías, tu mamá, tu hermana, y meter los dedos en el arroz entre puñados. Es más,llevarte un pocotón e ir botando uno por uno hasta llegar a casa.
Reescribir la palabra lonche en mi vida, sentarme en esa mesa de madera que me vió tantas tardes echarme junto al plato de comida luego de un día de colegio.
Sentarme frente a un asiento vacío y sentir nostalgia, tomar galletitas y untarles mantequilla junto a mi antigua taza, llena con café, escuchando las risas de la luz de la casa.
Sentir abrazos y una antigua forma de amor, ese amor que cuando creces lo dejas de sentir poco a poco. Ese amor inocente de familia.
El amor fantástico de ese bebé al que dormía en mi pecho mientras jugaba con su pelo, al que vi caminar poco a poco, con el que bailé descontroladamente en una sala, bañándome en sus carcajadas. Ese que ahora me devuelve un poquito de lo que no merezco.
Sentarme en la mesa con mamá a tomar sopa de pollo mientras veo su sonrisa chuequearse porque me ganó jugando cartas y reirme, muy picona como siempre.
Y volver a la cama con papá, a divertirnos como siempre, viendo películas y comiendo dulces juntos, los 3 hasta que ya sabemos quién cae.
Terminar en risas y en llantos como siempre, echada en el mismo sitio de siempre, con la persona que más me ha podido querer al lado.
Y termina el domingo con risas, y lágrimas en verdad. Nose si de felicidad o de nostalgia. Solo sé que no pasaba un domingo tan lindo hace mucho tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario